jueves, 8 de noviembre de 2012

Sobre Kahneman, ¿pensar rápido o pensar despacio?

          Fue por medio del filósofo naturalista Eduardo Zugasti como llegué hasta la obra de Daniel Kahneman (1934), y no hace mucho de mi mención en una entrada anterior al psicólogo norteamericano-israelí, en la actualidad profesor emérito en Princeton y hace poco incluido en la lista de los 100 pensadores globales más influyentes por la publicación Foreign Policy. Aunque es cierto que Kahneman recibió su Nobel en 2002 (con Amos Tversky) por sus contribuciones a la teoría económica, las repercusiones de su trabajo son tan extensas que prácticamente no existe área de las ciencias humanas en la que no haya influido. Recientemente ha publicado Pensar rápido, pensar despacio (Debate, 2012) una de las obras más comentadas (y vendidas) del año, orientada al público general, en la que repasa toda su carrera como psicólogo experimental.



Réplica en bronce de The Thinker, de Rodin, ubicada en el Changchun World Sculpture Park (China).


          Utilicemos, por ejemplo, nuestra intuición para resolver este sencillo acertijo:

Una camisa y una corbata cuestan 55 euros
La camisa cuesta 50 euros más que la corbata.
¿Cuánto cuesta la corbata?

          La rapidez, la fortaleza y el agrado de la intuición llevan a responder 5 euros de forma incorrecta. Para llegar a la solución correcta, 2,5 euros, la mayoría tendrán que recurrir al lápiz y al papel y resolver una sencilla ecuación matemática, ejercitando así la forma más lenta y laboriosa de pensar permitida por nuestro cerebro. Ya son algunos los psicólogos que consideran este tipo de test o acertijos como un análisis más válido de la inteligencia de una persona que los habituales test de cociente intelectual. El ejemplo propuesto ilustra que las intuiciones son frecuentemente erróneas por muy poderosas que estas parezcan.

          El ser humano posee una sola mente, aunque varios son los mecanismos de decisión. Kahneman entiende esta toma de decisiones como dos sistemas principales. El Sistema 1 está vinculado a las emociones y actúa  “de forma rápida y automática, con pequeño o ningún esfuerzo y sin sensación de control voluntario.” El Sistema 2, por su parte, actúa a modo de agente racional que “concentrando la atención en las actividades mentales que así lo demandan, incluyendo los cálculos complejos.”

          La mayor parte de nuestros juicios diarios son fruto del Sistema 1, y suceden de forma automática, intuitiva y emocional, aunque normalmente nos permiten desenvolvernos razonablemente en la vida práctica. Sin embargo, el Sistema 1 también genera gran número de intuiciones erróneas con consecuencias triviales o, en ocasiones, catastróficas. Únicamente al entrar en juego el Sistema 2, discriminando las gratificantes sugerencias de nuestro sistema emocional, y sólo tras un gran esfuerzo cognitivo, se pueden intentar resolver los problemas contra intuitivos o difíciles. Kahneman propone que se analice la naturaleza de nuestra racionalidad más a través de los errores que de los aciertos. Paradójicamente, estos errores o sesgos cognitivos aparecen inconscientemente en nuestra mente consciente, además de que poseen cierta irresistibilidad en las personas psicológicamente sanas sucediendo sistemáticamente bajo las circunstancias adecuadas.

          He aquí algunos ejemplos (véase aquí lo numeroso de los errores cognitivos). La ilusión de causalidad ocurre de forma natural cuando se infiere, de forma errónea, que dos sucesos naturales están relacionados entre sí de manera intencionada. El efecto Halo sucede cuando se atribuyen en exceso características positivas o negativas a determinada persona basándonos en pistas vagas pero emocionalmente atractivas (el culto a los futbolistas es un ejemplo de actualidad). La ilusión de validez afecta en particular a los expertos en campos difícilmente predecibles, como la política o la bolsa, generando un exceso de confianza en predicciones infundadas y comprometiendo la validez de los juicios de los supuestos especialistas.

          El Sistema 1, diseñado para creer pero no para dudar, es temeroso con la incertidumbre y el azar, de modo que lleva a conclusiones precipitadas aunque capaces de convertirse en historias bonitas. Esta situación psicológica explica por qué el fanatismo, los dogmas y, por qué no, las convicciones, frecuentemente se sustentan en la ignorancia, o en pruebas insuficientes, y por qué el escepticismo (laboriosa operación del Sistema 2) continúa siendo tan impopular y costoso.


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