viernes, 13 de julio de 2012

Sobre las pinturas murales en la cueva de Lascaux...

Una de las experiencias más apasionantes de la vida es hallarse frente a las fantásticas pinturas murales de la cueva de Lascaux, en el sudoeste de Francia. Las formas vivas de caballos, venados y bueyes parecen saltar de la brillante superficie cristalina en la que fueron pintados hace unos 17000 años. No se trata de meticulosos retratos de animales inmóviles. Son imágenes vigorosas llenas de acción, movimiento y vida.



El ciervo negro, en la pared derecha del divertículo axial.
Por la forma final de la cuerna, a modo de pala, probablemente se trate de la especie Megaloceros
giganteus (Blumenbach, 1799), el mayor cérvido de la Historia, extinto hace unos 7000 años.



Como si huyese de una extraña figura con cuernos y como de brujo que amenaza desde próxima a la entrada, la cabalgata de animales prehistóricos se precipita hacia las profundidades más recónditas de la caverna. Cuatro toros blancos gigantescos perfilados en negro dominan la larga cueva en el punto en que ésta se ensancha y forma una galería circular: la Sala de los Toros. Un enjambre de animales más pequeños se atropellan entre las patas de las grandes bestias. Caballos al galope, venados tensos y jóvenes poneys retozones salen de las paredes y del techo en negro, rojo y amarillo, a veces nítidos, a veces sólo como tentadoras insinuaciones. Algunas imágenes ensombrecen a otras, algunas son enormes, otras minúsculas. Un elegante caballo rojo púrpura con una abundante crin negra ondeante está suspendido cerca de dos grandes toros que se miran frente a frente, desafiándose el uno al otro. Signos geométricos e hileras de puntos negros aumentan el misterio de la Sala de los Toros.

Después de la rotonda, la cueva vuelve a estrecharse, formando una galería de figuras que saltan y caen. La galería se abre con la cabeza nítidamente esbozada de un magnífico venado. Una vaca negra salta a través del techo de un lado a otro del pasadizo. En la pared derecha, bajo la enorme cabeza de un toro negro, se presenta una hilera de pequeños poneys pardos de largas crines y, muy cerca, una manada de trece caballos. En la otra pared se ve un ha negro corriendo hacia el final de la galería y, frente a él, huye un caballo cuya negra crin vuela al viento. Donde la galería se estrecha aún más y tuerce a la derecha, hacia la oscuridad, otro caballo salta y se precipita al vacío.




Vaca roja con cabeza negra, en la pared izquierda del divertículo axial.



          Desde la Sala de los Toros, una pequeña salida a la izquierda lleva a un angosto corredor; en sus paredes, que se desmoronan, aparece grabada una maraña de minúsculos grabados cuya mejor visión se consigue con una iluminación oblicua. Abundan los caballos y venados en miniatura; algunos representan al animal completo; otros, sólo la cabeza. Un pequeño abombamiento en la superficie rocosa parece haber sido aprovechado para dibujar una panza redonda, y una minúscula protuberancia da forma al ojo de un caballo. El corredor se abre a la nave, que exhibe cuatro grupos de pinturas, tres a la izquierda y una a la derecha. Ocho cabras salvajes llenan la pared izquierda: cuatro son rojas con cuernos negros, y cuatro son negras, y sus cuernos sólo se aprecian por el grabado, ya que el color se desvaneció hace ya tiempo. Hay otros diseños geométricos y dos yeguas preñadas. Un caballo semental y un bisonte están atravesados por flechas grabadas. De otros dos caballos dibujados, uno galopa y el otro pasta. Lo más curioso de esta pared es una inmensa vaca negra pintada sobre una serie de caballos mucho menores. El gigantesco cuerpo del animal se apoya en unas patas delgadas y termina en una cabeza muy pequeña: no se parece a ninguna de las demás figuras de Lascaux. En la pared opuesta, cinco venados esbozados en trazos negros simples se deslizan sigilosamente. Sólo son visibles sus cabezas y cuellos, como si atravesasen un río a nado, y el animal delantero parece levantar su hocico como si se aproximara a la invisible orilla.



Panel del unicornio, en la sala de los toros, en la cueva de Lascaux (Francia).
Pinchar sobre la imagen para apreciar en alta resolución.



La nave se estrecha en su terminación para luego ensancharse formando dos recámaras, una con seis leones grabados en las paredes. Un león ha sido cazado y, de su cuerpo profusamente modelado, salen doce flechas. Abriéndose a la derecha, en la unión entre el pasadizo grabado y la nave está el ábside, una zona adornada con grabados y muchas pinturas descoloridas. Aquí resulta difícil descifrar con claridad muchas figuras, pero un grabado grande que representa la cabeza y las astas de un venado es increíble. Seguramente se trata de una de las mejores piezas de grabado de la prehistoria.

El misterio de Lascaux se hace más profundo en una curiosa escena pintada en la pared de un hueco del ábside. Un hombre yace muerto entre las figuras de un bisonte herido y un rinoceronte. A diferencia de los animales de la cueva, el hombre está dibujado de una manera tosca. Tiene cuatro dedos en los extremos de sus brazos emparejados, y su cara parece un pico de ave. Junto a él hay una vara con un pájaro atravesado en su parte alta, y resulta imposible decir si es un pájaro real o un grabado. Al bisonte se le salen las entrañas por las heridas, su pelaje brilla y tiene la cola levantada, ya que ataca al hombre con los cuernos bajados. Tres pares de puntos separan esta escena de la del rinoceronte, que mira al otro pasadizo y parece que se aleja.




Décimo caballo chino, en el panel derecho del divertículo axial.



Sales de la cueva de Lascaux cegado por la luminosidad del claro del bosque que rodea la entrada y sabiendo que acabas de dejar un mundo antiguo y extraordinario. Una sobrecogedora sensación de actividad rítmica impregna el extraordinario silencio y quietud de la cueva. Acobarda el contraste entre la viveza de los animales de las paredes y la absoluta tranquilidad del aire frío del interior de la cueva. Uno se maravilla de la habilidad artística que revelan estas antiguas pinturas. Pero, principalmente, la mente se remonta vertiginosamente en el tiempo al pensar en la gente que realizó las pinturas. ¿Qué fue lo que les motivó? ¿Sería la cueva un lugar sagrado? ¿Acaso lo que allí se representaba eran escenas de magias para cazar? ¿Representaban actos de ritual social o estacional celebrados frente a las imágenes recién creadas? ¿O, simplemente, esta gente se regocijaba en el placer sensual de sus creaciones artísticas?


Una visita virtual de la cueva de Lascaux es la que se puede ver pinchando aquí.


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